domingo, 18 de febrero de 2007

Cuento un cuento...

Recuerdo, con cariño y con nostalgia, aquellos días en que compartía largas horas de risas y juegos con mis hermanos. Muchos de aquellos momentos transcurrían tranquilos. Aprendíamos a estar juntos, a compartir, a querernos... Eran días bonitos.

Una tarde cualquiera, no recuerdo porqué, paseábamos con mi madre por un mercado, un mercado de los antiguos. De repente, nos llamó poderosamente la atención el ruido que llegaba de un puesto. Corrimos, mis hermanos y yo, hasta aquel puesto, un puesto de aquellos de toda la vida. Y nos paramos allí y observamos, fascinados, como un montón de pollitos corrían, con una energía increíble, de un lado para otro, piando y piando sin parar.

La señora que estaba en aquel puesto le dijo a mi madre:

- Señora, ¿quiere un pollito para sus niños?

Mi madre, agradecida pero a la vez asustada, nos preguntó:

- Hijos, ¿queréis un pollito?
- Siiiii, mami...por favor, por favor...vamos a llevarnos a casa un pollito.
-Pero tendréis que cuidarlos mucho y ver como, poquito a poquito, como vosotros, van creciendo.
- Siiii, mami, porfa...
Y aquella señora cogío tres cajitas y metió en ellas tres de aquellos pollitos tan lindos, tan llenos de vida.

Ya en casa mi madre nos explicó como cuidarlos, lo que comían y como había que mantener sus suaves plumitas limpias.

Recuerdo la sensación de ternura que me envolvió la primera vez que cogí mi pollito, precioso, entre mis pequeñas manos. Y recuerdo también la voz de mi madre, que con toda su dulzura, me enseñó:

-Hija, cariño. Tu pollito, como los de tus hermanos, es muy tierno y delicado. Puedes cogerlo entre tus manos. Pero debes hacerlo muy suavemente. Sé que te gusta mucho, que lo quieres y que quieres apretarlo fuerte para protegerlo. Pero, cariño, si lo coges demasiado fuerte lo asfixiarás... Cogelo así, suavemente, dale un besito y dejalo que corretee...
Y aquel pollito me dió muchos días de alegría y juegos. Y creció. Y se hizo grande a mi lado.
Y aprendí aquella lección para el resto de mi vida. La mejor manera de demostrar el amor no es apretando fuerte...por mucho miedo que tengas a que tu pollito se escape de tu lado...

Y vuelve a mi memoria aquella historia hoy, quizás treinta años más tarde...

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