Tren regional.
Trayecto desde Pisa a Roma.
De vuelta.
Viajo en este tren por placer, con mi primo pequeño, César, un joven al que adoro. Contemplo el paisaje. Entre mis manos la edición europea del diario El Pais. Leo. Y me encuentro con Marta. Precioso encuentro. No imaginaba que aquel momento, en el que me sentía tan afortunada por viajar en ese tren, por tener la suerte de estar disfrutando de tantas y tantas cosas, iba a compartirlo con ella.Hace tiempo que me dí cuenta que lo grande de la vida, lo bonito de la vida, son precisamente los granos de arena. Una mirada cómplice, una sonrisa, un abrazo, una caricia, una llamada, un beso "de abuela"... esas son las cosas que nos la vida. Lloré de emoción en aquel tren. Lloré como si hubiera sido yo la dueña de esas palabras. O alguien muy mío. Me sentí muy cerca de Marta. Leerla me hizo sentirme aún más afortunada. Y dar las gracias por mi vida. Sentí ganas de abrazar a mi compañero de viaje, y lo hice. Compartí con él a Marta. Y ambos lloramos. Y no de pena, sino de alegría por todas esas pequeñas cosas de las que disfrutamos cada día. Gracias Marta.
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